Mirando las vidas ajenas al alcanze de un dedillo, la vida se pasa, se pasa, se pasa. No siento pena por la desdicha ajena ni tampoco alegría por la buena fortuna de los que conozco y poco me interesan. Entonces dejo de mover el dedillo y empiezo a usarlo para juzgar y humear en mi vida propia. Que desgasté de tiempo, maldito sea el dedillo.
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